sábado, 1 de diciembre de 2007

Era un día de mercado

Era un día de mercado,
José amontonaba panes
que le quemaban las manos,
en otra calle Juanita
sobre el puesto de pescado,
tejía las pescadillas
de espantados ojos blancos,
cola arriba aleta abajo
para que Juan la mirara
mientras le ardía el regazo,
y Juan desde las verduras
con un limón en las manos,
se devoraba a Juanita
soñándola entre sus brazos.
Era un día de mercado.
Manuela lleva su hijito
hasta el puesto de don Paco,
que siempre le da rosquillas
cada vez que dice un ajo.
Era un día de mercado.
Antonio, Pedro y Felipe
ya por fin han descargado,
y la mañana aparenta
otra mañana con manos,
que vuelan desde el umbral
de las patatas con barro,
hasta el sueño de una boca
con el bolsillo pegado,
por la guerra del bastardo
caudillo de los bastardos,
que con su garra fascista
mordió a España en el costado.
Por los cielos de Alicante
vienen sus perros ladrando,
se los prestó Mussolini
el carnicero italiano.
Mientras Europa se calla
mi pueblo es despedazado.
Y las bombas de los perros
van cayendo y explotando,
María queda sin ojos
sin cara se queda Pablo,
las natas de sus cabezas
son linimento del viento
que ruge desconsolado.
Ensordecidos de acero
los niños de doña Aurora
ya son pasto de los truenos,
luciérnagas de la noche
que se ha tragado el silencio,
mientras la muerte cabalga
furiosa sobre su caballo,
que hiere con coces negras
las manos blancas de Juanjo.
Ni Aurora ni Rosa viven,
son amasijo u quebranto
del cielo que ya sin techo
se apodera del mercado.
Las arterias ya vacías
se esconden en los harapos,
mientras la sangre palpita
reunida toda hacia abajo,
queriendo llegar al mar
donde jugaron sus manos.
Esto pasó en Alicante,
era un día de mercado.

Julia Díaz Climent

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